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Saludos

Marisa Morell | 24 de Septiembre de 2020 |

Todos los augurios apuntaban a un rebrote de la epidemia para el otoño. Y no se ha hecho esperar. Volvemos a estar en niveles preocupantes de contagios, bien es cierto que, en estos momentos, disponemos de más medios para detectar la infección, lo cual permite reconocer a aquellas personas, que sin presentar síntomas, son portadoras del virus y, por tanto, oímos hablar de cifras muy altas, sin que eso quiera decir que todos estén muy malitos.

Lo que, verdaderamente, es motivo de alarma es la situación en los hospitales y en la atención primaria donde empiezan a vislumbrar un escenario que cada vez se parece más a lo ya vivido la pasada primavera.

Tenemos que asumir que, mientras no dispongamos de una solución que nos haga inmunes o menos vulnerables, tendremos que adaptar nuestra forma de vida y costumbres para ponerle las cosas más difíciles al microscópico monstruo.

Una de esas costumbres cuyo origen va unido, prácticamente, al del ser humano es el saludo.

Lo podríamos definir como una manifestación de afecto, respeto o cortesía.

No devolver el saludo es considerado una falta de educación o puede ser usado para mostrar enfado.

Dependiendo del lugar, la cultura o el grado de confianza el gesto puede consistir en un abrazo, un beso, una inclinación de cuerpo o de cabeza o un apretón de manos.

A lo largo de la historia los distintos pueblos y culturas que nos han antecedido han utilizado diferentes formas de saludo. Algunas de ellas han traspasado las fronteras del tiempo y han llegado a nuestros días, siendo utilizadas de forma habitual hasta que la covid-19 se entrometió en nuestras vidas.

Nos podemos remontar a los tiempos de los griegos y los romanos donde el apretón de manos aparece representado en algunas piezas artísticas. Se dice que era un gesto de paz con el que se podía demostrar que no se sostenía ningún arma y que no se llevaba nada escondido en la manga al mover las manos de arriba abajo.

Con los abrazos pasa algo parecido, una teoría sitúa su origen en la antigua China, como forma de comprobar que la otra persona no iba armada.

Si le damos crédito a estas hipótesis, son gestos que provienen de la desconfianza y, sin embargo, han evolucionado hasta nuestros días como símbolos de cordialidad o cariño.

En cuanto al beso los romanos distinguían tres tipos: osculum (beso en la mejilla entre amigos), basium (beso en los labios entre matrimonios) y suavem (beso entre amantes).

Es curioso como cualquiera de estas formas de saludar tiene múltiples matices dependiendo de con quién o dónde se realiza.

Hay países donde el apretón de manos debe ser suave y en otros si no se hace con fuerza está mal visto.

Hay lugares donde el beso se considera una muestra de intimidad y, por tanto, no se acepta por cortesía y, sin embargo, en España por cortesía, damos dos besos, uno en cada mejilla, y por cariño uno sólo.

La pandemia nos ha dejado sin besos, sin abrazos y sin apretones de manos pero seguro que volverán.