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Educar en el orden

Marisa Morell | 15 de Octubre de 2020 |

El carácter y la personalidad de cada uno de nosotros viene determinado por una serie de factores, unos de naturaleza interna como sería la herencia genética y otros de naturaleza externa, todas aquellas experiencias que desde el momento de nacer nos dejan una huella indeleble, para bien o para mal.

Si cabe, cuanto más tierna es la edad más fácil es que las huellas de lo vivido queden grabadas a fuego. Insisto, esto es aplicable tanto para lo bueno como para lo malo.

A las consultas de los especialistas en el dolor del alma acuden muchas personas adultas que arrastran marcas de la infancia.

Suena triste pero, yo le quiero dar la vuelta y hacer el razonamiento a la inversa.

Por el mismo motivo que las malas pasadas de la niñez suelen dejan una marca negativa, en general, porque también hay quien se crece ante la adversidad y de la necesidad hace virtud, vamos a pensar que todo lo que contribuya al bienestar y buena educación de un niño lo convertirá, probablemente, en un adulto más sano y fuerte, desde el punto de vista mental y anímico.

Quizá sea ésta la parte más difícil en la tarea de ser padres, educar.

Saber calibrar y buscar el punto de equilibrio entre el amor, la ternura y la disciplina.

Cuando eres adulto cobran sentido muchas de las regañinas de tus padres o cuando te leían la cartilla antes de ir a algún sitio.

Recuerdo, no con cariño, sino con mucho cariño, el manual de las buenas maneras de mi madre que empezaba diciendo: “Cuidadito con la cuenta de…..” y, aunque, hemos hecho muchas bromas sobre ello, lo cierto es que tenía razón y sentaba las bases para saber comportarnos dentro y fuera de casa.

También nos educó en el orden y aunque no dudo que las Leyes de Mendel funcionaron también aprendimos con el ejemplo.

Una parte importante del comportamiento de un niño se basa en la imitación, el adulto es el modelo a seguir. Sus juegos son, en muchas ocasiones, reproducciones o representaciones de la vida adulta, interpretada sin filtros.

Aprovechemos esa capacidad, tan extraordinaria, de los peques, para absorber la información exterior, para educarles en el orden, dándoles las pautas y las herramientas necesarias acordes a su edad.

A partir de los tres años podemos iniciarlos en tareas y rutinas muy sencillas de orden, como aprender a recoger sus juguetes. Asimilarán, rápidamente, en qué cesto o caja se guarda cada uno de ellos, punto de partida para que en el futuro le den a cada cosa su sitio y la devuelvan a éste, una vez la hayan utilizado.

Con cuatro o cinco años pueden aprender a asearse y vestirse solos y colaborar en algunas tareas sencillas de la casa. Según van creciendo el abanico de tareas y responsabilidades se irá ampliando.

Enseñándoles con toda la paciencia que sea necesaria y facilitándoles la labor colocando las cosas a su altura para que puedan acceder fácilmente.

Y, lo más importante, predicando con el ejemplo.