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El virus que, al día siguiente, vino a comer

Marisa Morell | 03 de Diciembre de 2020 |

Acaba de comenzar el mes de Diciembre y cuando a cualquiera de nosotros nos preguntan sobre cómo vamos a celebrar la Navidad la respuesta es unánime: “No lo sé”.

Nunca nos hubiéramos imaginado que la legislación tuviera que hacerle un hueco a la Navidad para regular cómo, cuándo, dónde y cuántos.

Estamos viviendo una situación excepcional que nos limita tanto en nuestra faceta de seres sociales, que es una de las más importantes como seres humanos, que convierte el temor y la incertidumbre en inseparables compañeros.

Que estas fiestas navideñas iban a ser distintas a las de otros años, ya lo dábamos por descontado.

No por ello deja de ser triste, pero hay que aceptarlo porque la contrapartida, es decir, celebrar la Navidad como si no pasara nada, sabemos que traería unas consecuencias terribles.

En el post de la semana pasada os recomendaba que este año tuvierais, en vuestra mesa, unos invitados invisibles pero muy importantes: responsabilidad, prudencia, sentido común…

Siguiendo en esa línea y, aún a riesgo de ser o parecer pesada, quiero insistir en lo importante que es que todos y cada uno de nosotros lo hagamos bien para evitar males mayores.

Es la ocasión para que demostremos que existe, de verdad, el espíritu navideño, ese que lo inunda todo de buenos deseos y con nuestro comportamiento contribuir a no empeorar las cosas, que ya sería un logro y, si es posible, a mejorarlas.

Con independencia de lo que acaban de dictaminar las altas instancias en cuanto al número de personas que se pueden reunir o en lo relativo a los desplazamientos, cada uno de nosotros tendremos que valorar una serie de factores, muy particulares, de los que puede depender que la reunión se haga de forma segura.

Salvo en zonas muy cálidas donde, si el tiempo no lo impide, es posible que algunas de esas celebraciones se puedan hacer al aire libre, en la mayoría de los casos se realizarán en el interior de las casas. Por tanto, no se debe llegar al máximo de comensales autorizado si las dimensiones y condiciones de ventilación de la estancia no son las idóneas para ese número de personas.

A la hora de elegir el menú intentaremos evitar el famoso “picoteo” salvo que se haga de forma que no sea necesario que todos posen la mano sobre el mismo plato.

Otro aspecto, que me parece muy importante, es plantearnos la conveniencia de celebrar una cena con una parte de la familia y al día siguiente una comida con la otra parte, algo muy habitual y que responde a una lógica pero que, quizá, este año debemos reconsiderar.

Si, desgraciadamente, el virus hace acto de presencia en la cena estará encantado de multiplicarse y participar, al día siguiente, en las distintas comidas a las que asistan los que compartieron mesa la noche anterior.

Estamos ante un reto que nos obliga a hilar muy fino para poder conseguirlo.