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Deshacer el nudo

Marisa Morell | 20 de Agosto de 2021 |

Antes de nacer, nuestro nexo con la vida es el cordón umbilical. Es el conducto que une al feto con la placenta, a través del cual este recibe oxígeno y los nutrientes necesarios para su buen desarrollo.

Su longitud suele rondar los 56 centímetros y el diámetro está entre 1 ó 2 centímetros.

El tejido que lo conforma es la llamada gelatina de Wharton, responsable de que el cordón no se enrede durante la gestación.

Cuando se produce el alumbramiento se corta y, precisamente, uno de los primeros cuidados de un bebe es la limpieza de ese pequeño tramo de cordón que todavía está pegado a él, hasta que, a los pocos días, se cae y deja esa cicatriz que todos tenemos llamada ombligo.

Nada nuevo desde el punto de vista de la ciencia o la medicina.

Sin embargo, fue un médico el que me dijo, después de fallecer mi madre, que ese era, verdaderamente, el momento en el que se corta el cordón umbilical.

Pasado el tiempo, yo diría que ni aun así.

Existe en todos nosotros otro cordón, es invisible y, por tanto, no detectable mediante aparatos de radiodiagnóstico que une la mente y el corazón.

No podemos saber ni su longitud, ni su grosor.

Su composición también es desconocida pero me atrevería a asegurar que en su tejido no aparece la gelatina de Wharton porque este sí que se enreda y mucho.

A lo mejor, no estoy segura del todo, ese cordón es lo que conocemos por alma.

Una de las muchas definiciones de esta palabra habla de una entidad abstracta que conforma la parte inmaterial del ser humano a la que se le atribuye la capacidad de sentir y pensar.

Posiblemente, es esta acepción la que me lleva a identificar ese cordón con el alma.

Como he dicho antes, no es susceptible de chequeo médico, por tanto, somos nosotros mismos los encargados de revisar su estado para que la comunicación y el tránsito de pensamientos y emociones sea fluido, no se produzcan atascos y haya un equilibrio entre los dictados de la mente y los del corazón.

Ese sería su estado ideal pero, no nos engañemos, es difícil. Porque, a lo largo de las diferentes etapas por las que vamos pasando en la vida, el cordón se enrolla, se forman nudos, en ocasiones nudos sobre nudos, de tal manera que si no nos preocupamos de deshacer el primero no llegaremos a descubrir los que hay debajo.

Nosotros mismos, otras veces nuestro entorno o determinadas circunstancias pueden ser la causa de que se formen.

No debemos permitir que esa vía se atasque, también debemos plantearnos en qué medida contribuimos con nuestra forma de ser o actuar a que eso ocurra y en qué medida nuestros nudos acaban enredando el cordón de personas cercanas.

Creo que la mejor manera para ir deshaciéndolos es realizar ejercicios de honestidad.

Hacer un chequeo de nuestras preocupaciones, preguntarnos por qué actuamos de determinada manera, si el resultado de esa forma de actuar genera buenas o malas sensaciones, no ensimismarnos para, con la mayor objetividad posible, analizar cuando somos víctimas y cuando verdugos.

Estos ejercicios no son fáciles, en muchos casos requieren de ayuda, pero su práctica, con toda seguridad, mejorará el difícil equilibrio entre lo racional y lo visceral.