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El arte de llegar a fin de mes

Marisa Morell | 30 de Septiembre de 2021 |

Siempre se ha hablado de la cuesta de enero pero la del mes de septiembre tampoco es manca.

Vuelta al cole significa uniformes, material escolar, transporte y un largo etcétera de gastos colaterales.

A lo que tendríamos que añadir la tremenda escalada del precio de la luz que podríamos definir con una frase publicitaria de hace muchísimos años que decía: “te quiero más que ayer pero menos que mañana”.

Lo de la luz viene a ser algo así: “hoy valgo más que ayer pero menos que mañana”.

Echándonos las manos a la cabeza, la pregunta que nos hacemos es: “¿A dónde vamos a llegar?

La cosa no queda ahí porque, de forma automática, por ese efecto dominó que tienen las alzas en los precios de bienes esenciales como la luz o los combustibles se encarecen el resto de bienes y servicios.

Con este panorama no queda otro remedio que afinar en eso que llamamos economía doméstica o adornándolo con un poquito de sátira y otro poco de romanticismo lo podemos denominar “el arte de llegar a fin de mes”.

Y no hay más lírica que añadir porque a partir de ahora lo que se impone es la lógica matemática.

A la que habría que añadir, por nuestra parte, sentido común.

A los que las ciencias exactas nos dieron muchos quebraderos de cabeza, en nuestra época de estudiantes, nos queda el consuelo de que el esfuerzo sirvió para comprender que operaciones básicas como sumar, restar, multiplicar y dividir iban a ser herramientas de vida.

No tanto, en mi caso, lo han sido los logaritmos neperianos, las derivadas o las integrales a pesar de los esfuerzos, incluso lágrimas, para medio dominarlos.

La economía doméstica solo necesita de lo más elemental, prácticamente, se trata de sumar y restar.

También, como he dicho antes, por nuestra parte poner sentido común y dosis de realismo.

Hay muchas personas o familias que tienen la sensación de que no saben cómo se les va el dinero.

Probablemente, no ejercen ningún tipo de control sobre sus gastos en relación con sus ingresos y de ahí se pueden derivar situaciones complicadas a nivel económico pero que, sin duda, van a repercutir en su estado de ánimo.

Para cualquiera de nosotros, se esté o no en la situación que he descrito antes, es importante tener claro con qué ingresos contamos y cuántos gastos tenemos.

Elaborar una lista de todos ellos, con realismo, no sobrevalorar los ingresos ni hacer cuentas de la lechera sobre ellos.

No minusvalorar los gastos, contabilizar hasta los cafés, porque todo suma. En la diferencia entre ingresos y gastos estará la clave de nuestra tranquilidad o, por el contrario, del desasosiego.

Si el resultado es positivo querrá decir que lo estamos haciendo bien, pero no está demás que analicemos en las partidas de gastos no esenciales, cuales de ellas, verdaderamente, nos compensan.

Si el resultado es comido por servido, es decir tanto entra tanto sale, la situación se complica algo, ya que la capacidad de ahorro, la que puede sacarnos de un apuro o con la que podemos aspirar a un futuro mejor está comprometida.

Mucho peor es, evidentemente, un resultado negativo. El realismo y el sentido común se imponen para intentar reconducir esas cuentas.

Normalmente, no es fácil aumentar los ingresos, por tanto, donde habrá que tocar es en la partida de gastos. Examinarlos con lupa y descartar todo aquello que sea prescindible. Dentro de lo que consideremos gasto indispensable, estudiar la manera de abaratarlo.

En el caso de servicios o suministros esenciales buscar tarifas que se ajusten más en precio a nuestras necesidades. Elaborar menús con ingredientes de temporada, aprovechar las ofertas del supermercado o cambiar algunos hábitos.

Lo que en un principio nos puede parecer un sacrificio será, más bien, una tabla de salvación en lo económico y en lo emocional. Y es que las matemáticas, nos parezcan más o menos bonitas, son, indiscutiblemente, un baño de realidad.